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Dalie Farah et d'autres plumes d'ailes et mauvaises graines

Incipit d’Impasse Verlaine traduit en espagnol par Cécilia Ramirez

impassse en espagnol

Dalie Farah, Callejón Verlaine, Grasset 2019
Traduction, Cecilia Ramirez

           A mi madre le encantan las historias entretenidas. Hay una que tiene que ver conmigo, atrapante y esclarecedora. Ella la cuenta entre un sorbo de té de menta y una galletita de mantequilla espolvoreada con azúcar glas.
Nací el 22 de febrero de 1973. Con fecha para el mes de abril, debería haber sido un bebé de la primavera. Eso, sin haber contado con el ingenio de la adolescente que me llevaba en sus entrañas. Molesta por la pesadez de esa excrecencia inoportuna, mi madre cuenta partiéndose de risa cómo inventa día a día estratagemas lúdicas y brillantes para poder recuperar el vientre mullido de sus dieciséis años.
Su primera tentativa consiste en lanzarse por una cuesta bien empinada con una bicicleta sin frenos y en tirarse al costado del camino, a mitad de la carrera. Se gana algunas equimosis, pero el tumor uterino parece no querer soltarse de ella al mismo tiempo que la bicicleta.
Se atreve a lanzarse sin la bicicleta, tendida, rodando cuesta abajo. La experiencia es asombrosa, más bella y más placentera que el abrazo brutal y obligado del acto conyugal, pero no la libra del capazo ventral que la deforma. Su bella cabellera negra está adornada de ramitas, y su ropa, sucia; siente algo de frío volviendo al pueblo auvernés. El viento invernal viene ya del norte, echa de menos el viento del Aurés. Durante el camino de regreso derrama algunas lágrimas pensando en sus campos y en sus ovejas, sus inocencias perdidas. Pero ella no habla de esas cosas, mi madre tiene su orgullo berebere. No se dicen burradas cuando se toma el té, ni siquiera con la miel pegada a los dientes.
Por más que se pase la noche dando vueltas en la cama, buscando una solución que pueda liberarla de ese peso interior, no da en el clavo. Debe contemplar un enfrentamiento más directo con la cuestión. Luego de haber consultado sus oráculos secretos, decide extraer el mal por donde vino. Explora su intimidad con objetos más o menos largos, contundentes y afilados. Algún que otro sangrado llegan a reconfortarla, pero, una vez más, debe resignarse y
llorar un poco ante la testaruda persistencia de la excrecencia abdominal. Como una promesa que regurgita su ignorancia, yo lucho contra su voluntad. Bravos y desesperados, mis deditos de feto se aferran al cordón con determinación.

       Al cabo de siete meses, logra evacuar aquella cosa de su cuerpo.
No quiero escribir que era un bebé no deseado. Cuento tan solo la llegada de un
trocito de carne de un kilo y ochocientos gramos que nace el 22 de febrero.
Mi madre no había establecido la relación entre su vientre y yo.
Cuando le informan que probablemente moriría, cuando dentro de la incubadora me descubre bastante menos gorda que el pollo que se había comido la noche anterior, mamá llora. No por ella sino por mí. Esa cosita que no puede respirar por sí misma, ese bultito dentro de aquella caja de cristal, es alguien, y acaba de comprender que también es un poco ella. Mamá me quiere tanto que, durante los meses de mi estado en pronóstico reservado, no come un solo caramelo.
Y sobreviví.
Quería ver los prados y las amapolas.
Quería sentir el viento del Aurés.
Me he pasado la vida aguardando una primavera que jamás se dignará llegar, aguardando un abril acaecido y devastado en el ombligo gracioso y desastroso de mi madre, pero sobreviví.

      Sobrevives a todo, cuando sobrevives a tu madre.

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